Casona Granado. Restaurante Albar

Que el turismo rural está de moda no es un descubrimiento reciente, los propietarios de establecimientos de este tipo llevan currándoselo desde hace tiempo y, aunque no soy un experto, creo que no es fácil mantener un negocio que se establece alejado de la capital de provincia y, en muchos casos, con acceso difícil.

Casona Granado no está alejada de la capital y las carreteras son buenas a pesar de ser estrechas en algunos tramos. Situada en El Pilar de Lubrín, entre Lubrín y Sorbas, la Casona quizás sea lo único que destaque en un pueblo pequeño y prácticamente sin habitantes. Llegamos a las doce y el establecimiento parecía cerrado.

-Llegáis demasiado pronto, la recepción es a las cuatro – nos saludó el dueño con acento inglés y una sonrisa. Nos permitió entrar aunque para ello tuvimos que ocupar otra habitación, mejor que la que habíamos reservado; según él.

-Aquí se viene a desconectar – nos advirtió – no esperen una televisión en ningún rincón de esta casa.

En la piscina coincidimos con un matrimonio joven y su bebé, amabilísimos los tres, y con sus dos perros pues en la Casona se admiten mascotas. También con multitud de avispas que practicaban el vuelo rasante en la superficie del agua. Nada extraño si tenemos en cuenta que estábamos rodeados de campo y en un caluroso mes de Julio.

Tras una buena ducha bajamos al comedor del restaurante Albar y allí estaba Clayton Morley, nuestro anfitrión y chef con larga experiencia. La cocina, a la vista, la presidía un gran horno de leña. Pedimos siguiendo su consejo y empezamos a comprobar que haber hecho este viaje fue un acierto: los champiñones asados al horno con crema de camembert y las costillas al horno nos supieron a gloria y podéis creerme si os digo que la apreciación no se sustentaba sólo en el hambre.

Por la tarde dimos un paseo por el pueblo y, aparte de lo saludable que es andar, sólo vimos casas abandonadas o con letreros de inmobiliarias que se ocupan de ponerlas en venta o en alquiler.

Para la cena Clay nos preparó burritos de verdura con crujiente. La mesa estaba en el patio, bajo un granado y una parra, junto a una fuente parecida a una acequia que se anunciaba por el ruido del agua al caer desde un caño, lo más sorprendente de ella son los peces japoneses, enormes y de colores llamativos que se mueven en un espacio reducido.

¿Qué hacer tras una agradable sobremesa a no ser retirarse a una habitación sin televisión ni otros alicientes? Pues desconectar y nada mejor para ello que la cama, las ventanas abiertas y el ruido del campo arrullando. Desayunamos temprano y viajamos hasta Sorbas donde había mercado y mucho calor, por cierto. Nada interesante que contar salvo que comprobamos lo cuidado que está el pueblo; antes de abandonarlo visitamos la cerámica de Juan Simón, recomendada por la variedad y calidad.
Nuevamente la piscina nos sirvió de recurso contra el calor y en el comedor supimos que comer allí en ausencia del chef podía ser un craso error. Por la tarde probamos el jacuzzi y limpiamos la piscina de avispas que no cesaban de caer en ella al huir del mismo calor que sentíamos todos.Para la cena Clay había vuelto y nos preparó un par de pizzas de primera.

Al día siguiente nos despedimos durante el desayuno y volvimos desde Sorbas por la nacional 340, mejor que a través de Lubrín, ruta que utilizamos para la ida.

Como conclusión diré que si volvemos lo haremos en invierno u otoño para disfrutar de la cocina del chef Clay y que sólo por comer allí merece la pena el viaje. Eso sí, reserven antes.

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